Santo Rosario Meditado

Las meditaciones de los siguientes misterios del santo Rosario fueron realizadas espontáneamente por el P. Francisco en Medjugorie. Se presentan en este sitio a fin de inspirar la oración espontánea —con el corazón— personal o grupal.

Sugerimos para el rezo de este Rosario, hacer las siguientes meditaciones en forma pausada, sin prisa… meditando con el corazón los textos bíblicos y las siguientes oraciones.

 

Invocación inicial

 

—Iniciamos éste Santo Rosario, poniéndonos en la presencia amorosa del Señor resucitado, en comunión con todos los Ángeles y Santos del Paraíso; intercediendo por todas las necesidades de la Iglesia universal, en comunión con el Corazón Inmaculado de María Santísima “Reina de la Paz”, quien primero nos invita a construir la paz en nuestro propio corazón, las familias y comunidades para luego difundirla al mundo entero.

Para ser de está oración —un verdadero acto de comunión con Jesús y María—, pedimos ahora la venida del Espíritu Santo para que llene todos los rincones de nuestro corazón, especialmente aquellos donde todavía la Palabra de Dios no ha penetrado, ni la entera voluntad de Dios.

 

Invocación al Espíritu Santo

 

  1. — «¡Dios mío, ven mí Auxilio!»
  2. —«Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.»

 

¡Oh Espíritu Santo!, al inicio de éste rosario me abro a Ti para que ilumines mi entendimiento, memoria y voluntad,  en fin… para que pueda orar con el corazón. Te entrego, cuantas dificultades pudieran venir en el transcurso de la meditación de cada uno de los misterios de este santo rosario. Me abandono completamente a Ti. Sé Tu mi Maestro, mi Luz y el Amor mismo de corazón ahora que me dispongo a orar.

Te presento las barreras con que habitualmente me enfrento cuando oro: la barrera de mi indiferencia a Dios que me lleva al pecado, de mi frialdad y hasta de mi falta de amor para con Él. La barrera de mi cansancio mental, físico y espiritual; de mi desidia y pereza espiritual, y por último, todas las barreras de las demás distracciones que pudieran venir en esta oración: preocupaciones, miedos, inseguridades, problemas… ¡Quiero verdaderamente orar con el corazón!: con toda mi mente, con todas mis fuerzas, con todo mi amor y voluntad. Por eso Te pido que me unjas. ¡Que penetre el bálsamo de Tu amor en los vacíos, heridas y cicatrices más profundas de mi corazón, para que cada palabra que en estos momentos brote de mis labios, sea la medicina que cure mis enfermedades.

También sé, Espíritu Santo, que al curarme de mis enfermedades interiores Te ayudo a sanar las heridas de los demás.

¡Ven Espíritu Santo y enséñame a orar! ¡Quiero que seas personalmente Tú quien dirija y asista mi oración! ¡Quiero que guíes esta oración como guiaste la oración del Sagrado Corazón de Jesús y del Corazón Inmaculado de María; cómo guiaste la de los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén, la de los Santos… como guías ahora la oración de la Iglesia celeste!

Me abandono completamente en Ti, confío en Ti.

¡Ven Espíritu Santo! ¡Abrásame con Tu amor!

¡Que pueda orar amando!

¡Que en amor y humildad pueda descubrir en esta oración las gracias que derramas en mí!

Espíritu Santo Te necesito.

Te pido que en esta oración tus siete dones me asistan y que pueda orar con sincero afecto, experimentar la presencia viva de la santísima Trinidad en mí.

¡Que Cristo —y cuanto Él me ha enseñado— sea el centro de la meditación de cada misterio!

¡Quiero sentirme unido en el rezo de este rosario, a todos los hombres del mundo, especialmente, con quienes no experimentan el amor de Dios en sus corazones!.

Igualmente Te presento a los más necesitados y excluidos del Reino de los Cielos y de la sociedad. Permíteme que pueda para ellos vaso comunicante de Tu gracia.

María, Tú que eres la Maestra de la oración, intercede para que la gracia de Pentecostés se actualice en mi corazón por medo de esta oración

¡Gracias por acompañarme y por hacer Tuyas las intenciones que guardo en mi corazón! Tú has dicho:

—«Queridos hijos: hoy los invito a comenzar a rezar el rosario con fe viva; así los podré ayudar. Ustedes, queridos hijos, desean recibir gracias pero no oran. Por lo tanto, no los puedo ayudar, puesto que no quieren moverse. Queridos hijos, los invito a rezar el rosario. ¡Que el rosario sea para ustedes el compromiso de continuar con alegría! De esta manera comprenderán el por qué he estado tanto tiempo con ustedes: ¡Deseo enseñarles a orar! ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!»

 

Se reza el Credo.

 

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